viernes, 11 de agosto de 2017

Seis años y un día...


     Hoy es 11 de agosto y se cumplen seis años desde la última vez que un novillero, un torero, un amigo, se vistió de luces. Se llama Manuel Rodríguez, es de Málaga y todavía recuerdo cómo volvió locos a los miembros de la comisión de Arnedo en los tentaderos clasificatorios del Zapato de Plata 2009. Pasó a la final, y en la porra que hacen entre ellos hubo disputas por quedarse con su nombre como ganador. Pero, cosas de la vida, esa tarde un hombre de muñecas lentas anduvo acelerado como si no hubiera un mañana. Aquello lo frenó bastante, pero consiguió debutar con picadores, aunque después ya hubo pocas oportunidades, y así hasta que comenzaron a surgir los carteles de la feria de Málaga 2011, y como no se veía incluido llegó a ponerse en huelga hasta que consiguió verse en ellos.

     Aquella tarde, la del 11 de agosto de 2011, a Manuel – y no fue cosa suya- lo anunciaron como Manuel Rodríguez “Manolete” y toreó con Sergio Flores, Adolfo Ramos y Juan Ortega. Silenciado en ambos, allí pareció llegar el punto final de su trayectoria. Pasaron los meses y Manuel, afincando en tierras jiennenses de Andújar comenzó a buscarse la vida por otros caminos que no eran los del toro, aunque lo normal era encontrárselo en muchos de los tentaderos que tienen lugar por la zona.
     Tras los meses, pasaron los años, y ningún contrato más llegó ni ningún apoderado se interesó por él. Yo, la verdad, no acierto a comprender qué especie de droga debe ser ponerse delante de un toro, porque Manuel, en vez de apartarlo del todo de su mente, lo que hizo fue subir un escalón más. Y empezó a frecuentar las capeas. Las buenas, las regulares y las malas, así que lo mismo estaba en aquellas donde se respeta a los capas que en esas otras donde los tratan con la punta del pie. En todas se hizo un hueco. Lo mismo daba ponerse delante de un torazo en Ciudad Rodrigo que de una vaca vieja en lugares tan recónditos como La Casica.
    


     Manuel conquistó a muchas de esas gentes de los pueblos donde hay capeas. Entre ellas a las de Castellar de Santisteban. Eso no pasó desapercibido al empresario Paco Delgado, antiguo matador de toros y actualmente empresario de varias plazas, que para el festival de mañana podía haber puesto a cien novilleros. Pero tuvo la sensibilidad de llamar a Manuel, que mañana, 12 de agosto de 2017, seis años y un día después, volverá a hacer un paseíllo "en condiciones".
   

     En todo este tiempo Manuel se aprendió al dedillo el calendario de pueblos y capeas, y día tras día quemaba ruedas y gasolina detrás de encontrar las embestidas soñadas, aunque la dura realidad marcara que esas arrancadas la mayoría de las veces eran defensivas, con mil querencias y algunas al pecho. Lo extraño es que después lo veías en el campo saliendo de tapia en un tentadero y era capaz de torear como otros que suman muchos contratos sólo son capaces de imaginar. Yo, por ejemplo, he visto cómo en dos tandas de apure ha borrado lo hecho anteriormente por un matador apoderado por una casa grande y que venía de triunfar en una feria fuerte. De hecho, alguna de las mejores fotos que he podido hacer a toreros son suyas. 




     Seguro que mañana, en Castellar, muchas cosas pasarán por su cabeza. Con toda seguridad repetirá el ritual que hace siempre que se va a poner delante un animal y que yo sólo me he atrevido a mirar de reojo, porque me impone un respeto inmenso verlo besar la foto de un día ya demasiado lejano, en la que aparece su madre, prematuramente desaparecida. Y mientras esté dando esos pasos en soledad que conducen desde el patio de cuadrillas hasta el saludo a la presidencia se acordará de muchas cosas. De esos cientos de kilómetros detrás del sueño de sentirse torero aunque fuera en una talanquera; de esos “olés” entre asfalto, polvo y vallas; de ganaderos como Paco Sorando, que en estos años de absoluta sequía siempre fue un manantial de clase donde calmar la sed y, quizá, por su mente pasen otros momentos, como aquel viaje desesperado a Madrid una tarde en la que lidiaba Valdefresno y en la que, por suerte, Florito no tuvo que actuar. 




      Mañana es su día. Y aunque hoy haya hecho la locura (¡ qué droga no será eso de ponerse delante !) de irse esta misma tarde a un capeo a Pontones, mañana volverá a sentirse torero, pero de verdad, y muchos amigos estaremos allí para apoyarlo. De hecho, desde la sierra de Cazorla, donde se convirtió en ídolo de la calle, llegarán hasta autobuses que quieren ver a "su" torero. 
     Así que lo de menos –si las hay, mejor- serán las orejas. Lo importante es que por fin, seis años y un día después, no habrá prisa por ganarle la cara al toro antes de que se ponga otro, ni la incertidumbre de si el animal que va a salir por el toril estará “currado” o no, ni tampoco frustración porque el matador que tienta está apurando de más a la vaca. Mañana, desde que salga por chiqueros, el novillo de El Añadío sólo es para él. Y se merecería que saliera embistiéndole por derecho.
      A los románticos de ésto, aunque sólo sea para que sigan alimentándose interiormente, siempre hay que desearles lo mejor. Porque, ¿quién sino un romántico de verdad es capaz de ponerse a pegarle naturales con una camisa a un vacorro de retienta?